Eres como un golpecito azul justo en medio del ombligo, primero semicorchea y luego una blanca todo en tres cuartos. Como se pide a la lluvia una tarde de sol hasta en los bolsillos, como se reza un padrenuestro después de confesarle todos los secretos a alguien que no escucha y que sin embargo acentúa con la cabeza, y vas caminando por ahí con las gafas en las manos para tener una disculpa la próxima vez que te saluden de beso en la mejilla poniendo las manos en los hombros e inclinando el pie izquierdo hacia atrás para empinarte con el derecho al cielo de las sonrisas ocultas que dicen en voz baja: “quería verte desde hace mucho”.
Eres como un frasco de cerezas del cultivo d´Pascuali que pasa del estante de un supermercado al bolsillo de una bermuda pero que el vigilante de la entrada principal no deja sacar. No te sorprendas si un día te doy un abrazo de esos fuertes que sacan el aire y hacen tronar las costillas que desaparecen el aliento y lo esconden bajo el tapete que tiene bordado algún dibujito o que dice simplemente “bienvenidos”.
¿Ya te enseñaron que el mar cabe en un vaso y que las oportunidades de jugar son dos veces más?
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